Venezuela continúa siendo un actor clave en la geopolítica del petróleo, en medio de sanciones y presiones de Estados Unidos que buscan mantener su influencia en la región.
La relación entre Estados Unidos y Venezuela ha estado marcada por la historia del petróleo venezolano, que desde la fundación de la industria estadounidense en 1856 ha sido un elemento central en la política energética global. Durante el siglo XX, Venezuela fue uno de los principales proveedores de crudo para las refinerías del Golfo de México, especialmente para procesar petróleo pesado. Sin embargo, desde los años 70, la producción venezolana comenzó a declinar, alcanzando en 1971 su máximo histórico de más de tres millones de barriles diarios, y sin volver a ese nivel desde entonces.
La nacionalización del sector en los años 70, impulsada por el gobierno de Carlos Andrés Pérez, no logró revertir la tendencia, en parte debido a la falta de inversión y mala gestión. Aunque la Faja Petrolífera del Orinoco posee reservas significativas, el petróleo extra pesado resulta muy costoso de procesar, limitando su explotación.
Estados Unidos, a pesar de su propia producción, mantiene un interés estratégico en el crudo venezolano. Empresas como Chevron, presentes en el país desde la década de 1940, continúan viendo en Venezuela una fuente esencial para sus refinerías en EE.UU. La administración Trump adoptó una postura agresiva frente a Nicolás Maduro, imponiendo sanciones severas que restringieron la compra de petróleo venezolano, complicando el suministro a las refinerías del Golfo de México. Como señala una fuente, estas medidas “han generado tensiones dentro de los círculos económicos y políticos de Washington”.
A pesar de los obstáculos, empresas como Chevron han logrado extender licencias para operar en Venezuela y mantener el acceso a reservas como Boscán, ubicada en el occidente del país, con 1.400 millones de barriles conocidos. El petróleo de Boscán, con alto contenido de azufre, es particularmente relevante para las refinerías del sur de EE.UU.
Para Venezuela, el petróleo sigue siendo una pieza clave en su economía y proyección política. El propio Nicolás Maduro afirmó en 2025 que Caracas realiza “inversiones muy fuertes” en el sector petrolero. Según Reuters, los ingresos por ventas y impuestos a PDVSA podrían cubrir más del 53% del gasto público en 2026, consolidando el petróleo como un arma de doble filo: en una mano, una herramienta de negociación ante EE.UU., y en la otra, una fuente de presión si las exportaciones se ven comprometidas.
Aunque EE.UU. ha avanzado en su autosuficiencia energética gracias al fracking, la geopolítica del petróleo venezolano sigue siendo un factor estratégico. La disputa por sus reservas revela cómo intereses económicos y políticos se entrelazan, mientras actores como Maduro y empresas internacionales buscan mantener el control de recursos vitales en un escenario de alta tensión.

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