El crecimiento sostenido del shale oil impulsa a la producción local en un contexto de reconfiguración del mercado sudamericano, marcado por la caída de Venezuela y el avance de nuevos polos energéticos fuera de la OPEP+.
El mapa petrolero de América del Sur atraviesa una reconfiguración acelerada, empujada por dos dinámicas simultáneas: el crecimiento sostenido de la producción en países no alineados con la OPEP+ y la profunda crisis que afecta a Venezuela, históricamente uno de los grandes jugadores del sector. En ese escenario, la Argentina emerge como uno de los países llamados a ganar peso relativo, con Vaca Muerta como principal motor.
Según el último informe de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), la producción mundial de crudo crecerá en 2026 en torno a los 800.000 barriles diarios. De ese incremento, Brasil, Guyana y la Argentina explicarán aproximadamente la mitad, con un aporte conjunto estimado en 400.000 barriles diarios. El dato refuerza una tendencia que se consolidó desde 2023, cuando el crecimiento global comenzó a estar liderado por países fuera de la OPEP+, mientras el cartel y sus aliados compensaron parte del avance con recortes coordinados.
La tendencia se profundizó en 2025. Tras una contracción global en 2024, la producción mundial se recuperó el año pasado con un aumento de 2,2 millones de barriles diarios. De ese total, 1,7 millones provinieron de países no alineados con la OPEP+, y Brasil, Guyana y la Argentina explicaron el 28% del crecimiento, de acuerdo con estimaciones oficiales de la EIA.
Dentro de ese grupo, el caso argentino presenta una particularidad. Hasta 2021, la producción de crudo del país mostraba una tendencia declinante. El punto de inflexión llegó con el desarrollo del shale oil en Vaca Muerta, una de las pocas formaciones no convencionales del mundo que logró escalar producción significativa fuera de Estados Unidos. En 2024, la producción promedio argentina fue de 670.000 barriles diarios; en 2025 ascendió a unos 740.000, y para 2026 la EIA proyecta un promedio de 810.000 barriles diarios.
Ese crecimiento ya tuvo un impacto concreto en el ranking regional. En la segunda mitad de 2025, la Argentina desplazó a Colombia y se convirtió en el cuarto mayor productor de petróleo de América del Sur, detrás de Brasil, Venezuela y Guyana. En noviembre, la producción local alcanzó los 844.386 barriles diarios, con el shale oil de Vaca Muerta aportando cerca del 70% del total. YPF concentra casi la mitad de ese volumen.
El liderazgo regional sigue en manos de Brasil, que superó por primera vez los 4 millones de barriles diarios en octubre de 2025, impulsado por la entrada en operación de nuevos buques FPSO en el offshore profundo. Guyana, en tanto, multiplicó por diez su producción entre 2020 y 2025, apalancada en los desarrollos del bloque Stabroek, operado por ExxonMobil junto a Hess y la china CNOOC. En noviembre pasado, el país ya producía más de 900.000 barriles diarios y se espera que nuevos proyectos impulsen otro salto en 2026.
El gran interrogante regional es Venezuela. Aunque aún figura como el tercer productor sudamericano, su situación es extremadamente frágil. El bloqueo parcial impuesto por Estados Unidos, la incautación de petroleros y la crisis política interna ejercen una fuerte presión sobre la industria. Proyecciones internas citadas por medios internacionales indican que, si las restricciones se mantienen, la producción podría desplomarse desde niveles cercanos a 1,2 millones de barriles diarios a menos de 300.000 hacia fines de este año.
Un escenario de ese tipo tendría implicancias profundas para el mercado regional. Venezuela posee las mayores reservas de crudo del mundo, pero su capacidad productiva está limitada por años de falta de inversión y deterioro de la infraestructura. La consultora Rystad Energy estimó que serían necesarios alrededor de 183.000 millones de dólares desde 2026 para que el país vuelva a producir 3 millones de barriles diarios recién hacia 2040.
En ese contexto, algunos analistas comienzan a mencionar, de manera aún incipiente, la posibilidad de que la Argentina pueda escalar un lugar más en el ranking sudamericano si la parálisis venezolana se prolonga. La comparación de volúmenes alimenta esa expectativa: mientras distintas proyecciones anticipan una posible caída venezolana hacia los 300.000 barriles diarios, la Argentina apunta a consolidarse por encima de los 800.000 en 2026, con Vaca Muerta como motor excluyente.
Dentro del sector, sin embargo, prevalece la cautela. La volatilidad geopolítica, el nivel de precios del crudo y los desafíos de infraestructura siguen siendo variables determinantes. Aun así, el reordenamiento ya está en marcha. Con Brasil y Guyana creciendo desde el offshore y la Argentina desde el shale, Sudamérica vuelve a ganar protagonismo en el mapa petrolero global. Y, por primera vez en décadas, el país aparece no solo como un actor en expansión, sino también como un eventual beneficiario indirecto de la crisis energética de su histórico competidor regional.

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